07 mayo, 1996

Alejandra Revisited

Alejandra Revisited *

por Gabriela De Cicco

Algunas de las nuevas poetas argentinas de la reciente generación del noventa tenemos en nuestro horizonte ciertas voces, registros y tonos que nos hacen guiños, que nos seducen, contra los cuales luchamos a brazo partido o bien adherimos para luego seguir nuestro camino y dejarlos en el lugar más amoroso de las referencias; algunos de ellos son los de Diana Bellessi, Mirta Rosenberg, María del Carmen Colombo...

Y antes de ellas, y en su propio horizonte, una sinfonía magnífica y estruendosa: Alfonsina Storni, Olga Orozco, Amelia Biagioni, Alejandra Pizarnik, Susana Thénon y Juana Bignozzi.

En esa escena, la angustia de las influencias marca un recorrido mínimo y personal pero demasiado grande: Alfonsina, Alejandra, y por el camino trazado por ellas, pero quebrándolo y sembrándolo de atajos y desvíos: Diana Bellessi.

Pero con ojo atento y oído sensible nos damos cuenta, como en un juego lógico, de los nombres que molestan, que no concuerdan, que se escapan hacia otra dirección; esos nombres son: Orozco, Biagioni, Pizarnik.

Y es justamente aquí cuando se instala la ncesidad de una revisión de estas poéticas, y sobre todo del lugar que ocupa la poesía de Alejandra ya que la suya ha sido, por diferentes motivos, la que más ha marcado a las generaciones posteriores de poetas.

Creado el mito poco tiempo después de su muerte ocurrida en 1972; canonizada por una crítica que podríamos llamar hermenéutica, que ha tendido a cristalizarla cerrando su poética de mltiples entradas en un sentido unívoco, y sobredimensionada en los ochenta por un abuso de citas, poemas dedicados a ella y copias burdas de sus poemas; Alejandra se presenta en los noventa como un objeto del deseo al que se quiere alcanzar pero de una manera nueva: prueba de ello son las investigaciones, algunas an inéditas, de otras poetas o críticas, que viene desarrollando desde hace años un trabajo muy interesante y renovado al respecto.(1)

Por otro lado se realiza una película documental en la que se rescatan ciertos textos de su obra sobre los que antes nunca se había hecho referencia o sobre el que se había trabajado muy poco, como es el caso de La Condesa Sangrienta. Además se publica el esperado libro de Isabel Monzón que justamente estudia las condesas de Alejandra y Valentine Penrose, abriendo una puerta hacia un nuevo camino de compresnión y lecura por medio de la psicología.(2)

Ante este panorama cambiante, nosotras, como lectoras y como poetas, debemos preguntarnos casi por primera vez cuál es la herencia que nos dejó Pizarnik-mujer-poeta.

Tomemos dos momentos de su poesía para poder comenzar a reflexionar. Uno es: "¿Qué significa traducirnos en palabras?"(3) y el otro: "¿A dónde la conduce esta escritura? A lo negro, a lo estéril, a lo fragmentario".(4)

Lo más significativo es que encontramos estas dos citas en el que fue su ltimo libro, un libro en donde se hace presente su constante lucha con el lenguaje para poder decir, entre otras cosas, la imposibilidad de poder decir "acertadamente" lo que se desea y el terror de la soledad existencial. El miedo quiebra la forma del poema, su ritmo sigue un aliento rápido, el silencio busca su signo como en la msica.

Al primer verso citado me interesa actualizarlo de la siguiente manera: øqué significa para las mujeres el traducirnos en palabras? Por un lado un trabajo íntimo de indagación (5), un permanente insight que permita obtener las imágenes necesarias que nos ayuden a "recomponer una identidad rota, o crear un verosímil autobiográfico que se engendra a sí mismo en el poema"(6) y por otro lado un trabajo constante con el lenguaje para poder construir una lengua propia. Y creo que es justamente este trabajo el que respondería a la segunda pregunta formulada por Alejandra: la conciencia tomada en este tipo de práctica escrituraria nos permitiría abrir una puerta hacia todo lo contrario de lo que la poeta enunció.

La pregunta de Pizarnik parece denunciar también la carga de toda una tradición, de la que ella es subsidiraria: el romanticismo, el surrealismo y cierta línea de la generación del cuarenta- léase Enrique Molina y Olga Orozco-. Sin embargo, su trabajo sobre esa tradición no parece haber sido suficiente.

Por otra parte, en sus diarios encontramos esta entrada: "Hubiera preferido cantar blues en cualquier pequeño sitio lleno de humo en vez de pasarme las noches de mi vida escarbando en el lenguaje como una loca"(2.VI.61, Paris).(7)

Cantar obviamente no es escribir; cantar no significa crear necesariamente el texto que luego se vocalizará, pero sí lleva implícita la interpretación tanto de un texto propio como ajeno, y es esa palabra con sus mltiples significados la que nos lleva a pensar la escritura como una interpretación que concibe, ordena o expresa de un modo personal la realidad; no olvidemos que una de las acepciones de sus acepciones es la de representar un texto dado.

Pareciera que para Pizarnik hubiera sido preferible interpretar un texto previo, incluso creado por otra persona, en vez de escarbar en el lenguaje, acción que permitiría expresar de un modo netamente personal la realidad. Lo que parece estar en juego en estas líneas de su diario es el dolor de tratar de traducir en palabras sus visiones, sus sensaciones; sería más fácil, más liviano cantarlo pero con las palabras de otro/-a.esto también nos puede dar una idea de escritura palimpséstica: escribir sobre otro texto ya escrito, borrar apenas y seguir las huellas; es más, podemos pensar en la comodidad que es seguir los pasos anteriores. En Alejandra se nota cierta incomodidad, pero parece serlo sólo por momentos. Lo que sí importa es ver cómo retrabaja las citas de sus autores preferidos, citándolos a veces sin comillas y apropiándoselos de una forma muy especial. Y podemos ver esto sobre todo en la parte más delirada de su discurso poético.

Pero no podemos soslayar a esta altura que tanto escribir como cantar (como cualquier otro disciplina artística) es una elección de vida que realizamos guiadas-os por nuestro deseo y sobre todo a partir de nuestras capacidades o dones; y en este caso las obligaciones provienen de nuestro interior, sobre todo cuando no se trata de una escritura profesional que llevaría a cumplr con fechas de entrega, etc.(8)

La elección por la poesía para muchos/as poetas de la generación de Alejandra ha hecho de la obra de aquéllos/as un lugar de resistencia, de lucha. de denuncia, y es aquí cuando podemos ver, por lo menos, dos de las puntas de la generación del sesenta: por un lado Juan Gelman, Juana Bignozzi, y por el otro Pizarnik y Miguel Angel Bustos. Un mismo tiempo para diferentes voces, poéticas; cuerpos poéticos intentando cambiar la realidad cada uno/a a su manera, todos/as acertados/as, quien más, quien menos marcando camino.

Creo que la denuncia tuvo en Alejandra una forma expresiva bastante particular y personal, ya que más allá de los aspectos autobiográficos, su poesía marcó los lugares de las pérdidas, puso en evidencia ese vacío expresivo y significativo que recién la generación de las poetas del ochenta comenzarían a llenar, no sin sufrimiento, pero sí con la convicción de que un cambio era posible para el decir de las mujeres, sobre todo después de los años de la dictadura. La escritura de algunas de estas poetas como la de Pizarnik fue también contra el miedo originado en otras raíces.(9)

Siguiendo con la lectura de sus diarios podemos ver cuántas veces Pizarnik se sentía condenada al trabajo de escritura, sin embargo, para ella la escritura de un diario podría facilitar el camino hacia la libertad, el camino hacia el autoconocimiento, y a la vez poder hablar de la experiencia de lo poético, que en definitiva es el camino en sí mismo. Pizarnik escribió: "Si pudiera tomar nota de mí todos los días sería una manera de no perderme, de enlazarme, porque es indudable que me huyo, no me escucho"(6.III.61, Paris).

Lo ideal sería, para las mujeres que les interesa, potenciar esta indagación presentada por Alejandra en estas líneas y deshacernos de la idea de condena. Comenzar a escuchar más atentamente, tomar nota de las voces internas que pujan por salir de una manera nueva, fundar verdadera leyenda y crear un nuevo territorio.

Para las poetas del noventa, la escritura tendería a ser tarea en el sentido bellessiano del término, un predominio de la conciencia sobre cada línea escrita desde las entrañas: "Una mujer madura/que ya/ no será// sino/ lo que es:// tarea// Conciencia que expresa/ el esplendor// y deseo/ más allá/ de la línea de sombra"(10).

La generalogía es amplia y amorosa, pero si insistimos en quedarnos en la línea de sombra de los poemas de Pizarnik sin intentar resemantizar la lengua poética heredada, no podremos avanzar mucho, clausurándonos en la mera repetición de un fragor fascinante pero que ya ha dicho (hasta donde pudo) lo que quería.

*(Este articulo fue publicado por primera vez en la revista Feminaria nro.:16, Buenos Aires, Mayo de 1996; fue también reproducido en "Debate Feminista" Nº 15, 1997, Mexico.)


NOTAS

1.- Ejemplo de esto es lo realizado por Delfina Muschietti, Alicia Genovese, Diana Bellessi.

2.- Isabel Monzón, Báthory. Acercamiento al mito de la Condesa Sangrienta. Bs.As, Feminaria Editora, 1994.

3.- "Ojos primitivos" en El infierno musical.

4.- "Piedra fundamental, Ibidem.

5.- A este respecto recomiendo leer un trabajo muy inspirador como es el de la poeta y crítica canadiense Nicole Brossard: "Memoria: holograma del deseo", en Feminaria, Nro.3, Abril 1989.

6.- Susana Poujol, " Intertextualidad en la poesía escrita por mujeres en la última década", Feminaria nro.:7, agosto,1991.

7.- Alejandra Pizarnik, Semblanza , Mexico, FCE,1994.pág.254. Todas las citas de los diarios son de esta edición.

8.- Por otra parte varias de las entradas de los diarios dan cuenta de lo pesado que era para Alejandra cumplir con los encargos de las diversas publicaciones con las que colaboraba y esto nos pone frente a la falta de tiempo para poder crear la propia obra, otro punto interesante de ver en Alejandra.

9.- Ver Monzón, op.cit., pág.28 cuando se habla sobre la relación entre la melancolía y los regímenes autoritarios.

10.- Diana Bellessi, Eroica, Bs. As. Libros de Tierra Firme y ¸ltimo Reino, 1988, pág.78.


© Gabriela De Cicco

06 noviembre, 1994

La invención de la noche

Sobre la novela "Después del día de fiesta" de Griselda Gambaro

La invención de la noche*

por Gabriela De Cicco

Dulce y clara es la noche, y sin viento : así comienza "Después Del Día De Fiesta" la nueva novela de la narradora y dramaturga argentina Griselda Gambaro , nacida en Buenos Aires en 1928 y autora de, entre otras obras, "El desatino", "Ganarse la muerte" y "Madrigal en ciudad".

Aquellos versos, aunque estén siendo dichos por el personaje, Tristán, vienen de muy lejos. Extranjería en cuerpo propio. Esos versos son los que abren el Canto 13 "La sera del dì di festa" (La noche del día de fiesta), del poeta romántico italiano Giacomo Leopardi.

Aquella frase, repetida como un conjuro, no se remite a ser mera reminis-cencia, sino que se inscribe como el detonante que haría posible el cambio del destino de los personajes, de las circunstan-cias en que viven sumergidos en "un mundo que ni siquiera oí nombrar", le escribirá la hermana del poeta a él, arribado misteriosamente a nuestro país. Ese mundo sin nombre tiene un paisaje propio: los arrabales de la ciudad cerca del Riachuelo, un asentamiento indígena y la inesperada invasión de una tribu de negros que desatará el chauvinismo más salvaje que se pudiera imaginar. Allí, en una casucha de un solo cuarto vivirá Giacomino junto a Tristán, un ciudadano de segunda, que verá cómo sus costumbres irán cambiando con la presencia de este misterioso ser, débil y marcadamente melancólico, que para mal de males habla en otro idioma: "Dolce e chiara è la notte e senza vento".

Griselda Gambaro, con su escritura inteligente y seductura, construye un espacio en donde todo es posible, en donde son posibles las fiestas personales y las comunitarias. Donde el después del día de fiesta será el auténtico día en su irrevocable consistencia, en su más clara y cruel verdad: se sigue siendo quien se es y no quien se querría ser.

La novela, profundamente documentada, y escrita casi en clave ritual, permite que estavida de Leopardi sea el punto de partida para una reflexión que no perdona nuestra realidad más próxima; una situación social que los medios de información, en su rutina, torna olvidable, aquí se transforma en materia prima de los sueños de los protagonistas. Cambalache de historias que (Gambaro dándole una vuelta a la anécdota discepoliana) presenta una Argentina en sombras, viviendo su noche clara, dulce y sin viento.

La inexplicable presencia de Leopardi, abre una fisura en la realidad, parece dibujar un espacio donde la vida puede llegar a ser otra cosa. Se instala una especie de magia que rodea a todos: a Tristán, a N'Bom, una mujer negra que pretende vivir mejor y entrega su vida de una manera que la lleva a perderla, a el Quejoso, vecino de Tristán que solamente vive para vengar la invasión de los negros, que ha variado el paisaje alrededor de su casa , pero que, paradojalmente, se permite amar a N'Bom; esta magia también rodea a Leopardi que vivirá pendiente del arribo de las cartas escritas por su hermana, recordándole la angustia que sufre al vivir bajo el poder despótico de su madre; un Leopardi que saldrá todas las noches a vagar por la ciudad, y que afiebradamente tomará nota, especialmente en un cuaderno de tapas verdes que lleva consigo, de todo lo que ve y siente: " Ahí, presumía Tristán, escribía otro tipo de cosas: veía una puesta de sol, se le dilataban de admiración los ojos glaucos tirando a celeste, y corría a anotarlo en su cuaderno, veía a dos mujeres conversando en la calle y quién sabe qué observaba de extraordinario porque inmediatamente se apresuraba con la misma ansiedad. Las mujeres, que habían hablado de lo caro que estaban los tomates, se iban a sus casas, pero quedaban fijadas en el cuaderno de Giacomino, donde quizá seguirían hablando de tomates con palabras ligeramente cambiadas, totalmente distintas; serían dos figuras particulares vestidas de particular manera, con gestos únicos y nunca repetidos, tal vez habrían reído y esa risa permanecería inmutable, siempre fresca y viva cuando ellas no serían más que cenizas, ni siquiera recuerdos".

La presencia de otros versos de Leopardi (los del Canto 23 "Le ricordanze" y los del Canto 16 "La vita solitaria") como así también la inconmensurable presencia de versos de Alejandra Pizarnik, duplican el cuestionamiento de la palabra como una instancia de vida, como una manera de poder tranformar la realidad, ese deseo íntimo que posee Tristán al repetir la frase y al creerse poeta. Una frase inconclusa que terminará por abrumarlo, por malograrle el deseo: "¿Era posible que alguien dijera un poema y que variaran los accidentes de la tierra, como había acontecido con la noche dulce y clara? En absoluto, esos dones de influir con la palabra sobre los seres y las cosas eran concedidos raramente, a uno por vez durante siglos".

Sin embargo para este Leopardi, la poesía es otra cosa: "Tanto trabajo, Tristán, cuando uno elige una palabra entre miles y de pronto comprende que hay una más justa que se nos esconde, la única posible, la única necesaria...".

Su verdadera fiesta la vive con una pareja muy singular que se detiene a escucharlo y a intercambiar poemas en una plaza de las Sierras de Córdoba; la memoria recreando la belleza, la presencia de Alejandra instalando la ira en la muchacha, e instalando la sed en Giacomino: "repetía para sí: entrar entrando adentro de una música ..." Esas palabras lo desconsolaban y al mismo tiempo le parecían muy hermosas, él siempre se movía serenamente con las palabras aunque hablaran de una espantosa inquietud, y éstas le sonaban como si quien las hubiera escrito estuviera embarcada en palabras de tempestad, las ladrara desde un barco sin retorno". Quizá esta sea una de las más bellas y certeras definiciones acerca de la poesía de Pizarnik que hayamos podido leer en los últimos años. Este juego de lecturas, esta posibilidad de tramas y contratramas hace de la novela de Griselda Gambaro una piedra preciosa, una pieza única de artesanía amorosa.

En esta, como en otras de sus obras, lo ominoso despierta a la dormida atención de los/as lectores/as. Aquí la presencia de un pájaro, que parece reconocerce como un cuervo que entiende la poesía de Leopardi y que lo sigue desde Córdoba hasta la ciudad en donde vive con Tristán, quizá también tenga algo que ver con el protagonista del poema de Edgar A. Poe. La inspiración, que llegado cierto momento decide desestimar el poeta, aquí también llama y golpea en los vidrios de la ventana, turbando a este ser que, ante los ojos de su amigo, parecer estar siempre a punto de desaparecer, de quebrarse en mil pedazos de angustia y sufrimiento crónico.

La recreación de la vida de Paolina, la hermana, a través de las cartas que le escribe al poeta, está perfectamente lograda, creando casi otra novela dentro de la novela. Por medio de estas misivas nos vamos enterando de qué manera se conforma su familia y del estilo de vida del que parece haber podido "zafar" Leopardi al venir a la Argentina. Este espacio de libertad, en cierta manera ucrónico, creado por Gambaro, permitiría re-versionar la verdadera vida del poeta, siempre solitario y siempre recluido en un mundo (físico y geográficamente) limitado.

Las dos presencias invasoras, la de Leopardi y la de los negros, produce una especie de extrañamiento que finalmente sirve para poner en conflicto a todo el barrio, bastante rutinario y anodino. La mirada se vuelve introspectiva y autocrítica hasta un punto que lastima. Un punto de lucidez que alegoriza sobre el presente, un presente amenazado constantemente por la tormenta, aunque afuera la noche sea dulce y clara y sin viento, y nosotros/as sigamos como si nada.

"Después del día de fiesta" de Griselda Gambaro, Seix Barral, Biblioteca Breve, 197 páginas.

*Publicada por el diario "La Capital" de Rosario el 6 de noviembre de 1994.

© Gabriela De Cicco
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